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     Ermita de San Cristóbal, rupestre, con sus celdas eremíticas y su impresionante barranco en las aguas claras del naciente río Sotón.

     En la misma pared, hacia poniente sobre todo, se observan huecos en la roca que pudieron servir de celdas.

     La posición de San Cristóbal permite realizar un circuito pedestre pausado y hermoso, arrancando de Bolea y acabando en Aniés (4-5 horas), o al revés. De Aniés parte una pista, normalmente en regulares o malas condiciones para turismo que, desde el escarpe calizo donde se acopla la ermita de la Virgen de la Peña, busca el corazón de la Sierra.

     Pronto encontraremos el profundo hundimiento. A la derecha, de un barranquillo subsidiario de San Cristóbal. Al fondo aparece el núcleo de Bolea y en primer plano un enorme campo de ladera cortado en su mitad por arbustos alineados.

     Bajaremos por este campo en dirección sureste, hacia la izquierda del gran hundimiento, para introducirnos en un segundo embudo que va directo al lecho del avenamiento principal. No hay sendero claro, barrido por escorrentías y engullido por cerrada vegetación en el trecho final, pero por este empinado hemiciclo tendieron una buena senda los romeros que venían de Aniés.

     Casi al final de la bajada no podemos perdernos el espléndido panorama aéreo de toda la barranquera desde un mallo estratégico que a modo de torre domina el cauce, con espectacular vista hacia el rincón de la ermita. En la otra orilla, dos figuras solemnes de cuerpo esbelto y cabeza redonda se funden en perpetuo abrazo al borde del abismo, son las Gemelas.

     El siguiente movimiento obliga a lanzarse hacia los pies del sumidero, entre gradas naturales y algarabía póstuma vegetal por donde el paso no es más que un tubo espinoso. A su lado, un manantial limpio pone sonido al silencio.

     Después, girando a la derecha, la ermita de San Cristóbal: estamos en la frontera del éxtasis.

     Desde el cauce del barranco, ocupado por abigarradísimo sotobosque, divisaremos en la orilla derecha ortográfica — cantil de conglomerado — un grupito de covachas que tienen tapiadas sus bocas. El más alargado es la ermita de San Cristóbal, y unos peldaños acoplados a los sucesivos resaltes llevan directamente hasta ella. El acceso no es traumático pero si incómodo, debiendo poner especial cuidado en cada escalón, ya que carecen de pretil protector y la altura sobre el río es respetable.

     La gran pared de cierre, de mampostería trabada con arcilla que incrusta paja, piedrecillas y pinceladas de argamasa, tapa distintas dependencias. Las escaleras desembocan en un abrigo de 17 m. de longitud por 6 m. de anchura máxima. Un paño de obra protegía la parte norte de las inclemencias del tiempo. Este cerramiento fue alargado hacia el templo, sin llegar a conectar con él, utilizando mampuestos unidos con argamasa de cal. Parte del muro se ajusta tanto al borde del covacha que sus constructores solucionaron irregularidades colocando maderos longitudinales para sostenerlo, evitando así la ruptura del alineamiento. La ventanita abierta al sureste aportaba luz y un puñado de sol matinal a la umbrosa celda que también debió servir de cocina, pues a su quebrada techumbre rocosa le fueron cubriendo repetidos brochazos de humo pintor.

     El siguiente cuarto acoge la iglesia comunitaria que reuniría a los solitarios en rezos y ceremonias grupales. A continuación una celda que debió ser transformada posteriormente en sacristía y un últi­mo hueco, muy desfigurado actualmente, que tuvo grueso muro de cierre externo y varios muretes fragmentando el espacio útil habilitado al interior, tal vez componiendo celdas paralelas. Solamente queda la raíz muy igualada del gran paramento frontal, lo que da pie a pensar en su desmantela-miento durante el s. XVIII para ampliar y reformar la iglesia.

     La iglesia se inserta, pues, en el sector central, con celdas a derecha e izquierda. Originariamente la nave pudo medir unos 8 m. de longitud, tenia la puerta de ingreso en la pared del río y un altar al fondo de la concavidad.

     La puerta de acceso al recinto religioso, como hemos dicho, perforaba el paño, que a modo de cortina rocosa taponaba la boca del abrigo. El pasillo hasta la entrada, acondicionado con piedras, era estrecho y muy aéreo, en consecuencia no apto para todo el mundo a menos que hubiera algún tipo de protección, por ejemplo una barandilla de madera. La plomiza caída al vacío se acerca a los 30 m. en este punto.

     No sabemos cuándo aconteció, lo cierto es que el pasillo de albañilería se desplomó y con él parte del muro por la cara externa, rehaciéndose con mampostería de color tostado. Tal vez la cara interna se salvó de la ruina porque la capa de enfoque le dio consistencia, además de estar fundamentada en piso llano.

     Se arregló el desprendimiento, se tapió la puerta por fuera y en el hueco interno de este vano se amoldó un altar bajo el arco de medio punto rebajado, aprovechando que por encima del arco se vislumbraba la imagen de un ángel pintado hacia ya mucho tiempo.

     La ocasión fue aprovechada para pintar con líneas de color rojo el frente del altar número 1 — rectángulo con cruz centrada, estrellas y geometrísmos periféricos —, estrellas rojas y blancas en el intradós del arco de la antigua puerta y rayas lineales en el paramento y altar número 2.

     En la celda sacristía el pintor trazó líneas en todos los paramentos, incluso en el gran pedrusco que traga la mitad del volumen interno. Esta pequeña dependencia abre dos ventanas adinteladas en el muro del río, una a ras de techo y otra amplia —57 x 52 cm. — en el centro. La ventana central se enmarcó con un arco pintado, coronado por cupulita de la que emerge una cruz; motivos vegetales en cascada decoran los laterales. El cuarto es un auténtico lujo dentro de la sobriedad imperante.

     En el s. XVIII se construyó un coro elevado al norte que alargó la ermita y desplazó la puerta en dirección a la celda número 1. La situación del coro obligó a componer una nueva mesa-altar al sur, adosada al muro de la sacristía, para poder seguir las celebraciones de frente. Con ello se postergó el altar número 2 que fue tapiado, quedando fuera de uso.

     Aguas arriba de la ermita, el barranco es una especie de callejón que sube hacia la magna pantalla rocosa que lo encajona a poniente. Este colosal acantilado emerge unos 150 m. al norte, y en él pueden observarse algunas celdas inaccesibles, al menos tres, colgadas entre 15 y 25 m. de altura desde el nivel del cauce.

     Tienen idéntico esquema que las precedentes, pues aprovechan grietas erosivas en las pudingas a las que han cerrado las bocas con mampostería menuda, y no hay duda que en alguna se ha hecho fuego. Sus moradores llegarían a ellas con gran esfuerzo y riesgo, sorteando escarpes rocosos mediante pasos horizontales e instalando escalas de cuerda. Espeleólogos de Peña Guara llegaron hasta ellas, confirmando la pobreza material; tan sólo localizaron un pedazo de barro apañado para servir como palmatoria.

     Una pella arcillosa fue modelada en forma cilíndrica, clavándose un hueso perforado de 4'5 m. de longitud en la cara superior. Una elemental y mísera palmatoria para sostener cortos cabos de vela, lo único necesario para personas sin ambicio­nes, acostumbradas a ver el mismo trozo de cielo por el que pasaban las nubes muy deprisa, mirando y mirando desde una celda colgada, polvorien­ta e incómoda.

     En San Cristóbal la tarde caía pronto, y más aquí, en los ergástulos de este farallón tajado en forma de media luna. La luz oscilante de la vela bastaba para leer algún libro de preces, después más oración, silencio y oscuridad.

     Inmediata está la fuente perenne donde las aguas brotan entre penumbras y estrecheces. Más allá, nada, bosque impenetrable y laderas inestables de bloques en movimiento.

     La iglesia fue puesta bajo la advocación de San Cristóbal, nombre que significa "portador de Cristo", según la Leyenda Dorada.

      Intentar ahondar en los orígenes de San Cristóbal es un proceso mental, una reflexión para llegar a tesis final difusa y mutable. En principio su culto en Hispania es anterior a la invasión musulmana. En sus poco explícitos muros hemos reseñado que fue pintado un ángel de tradición románica y finalmente disponemos de unas fechas grabadas.

     Carmen García realizó un pormenorizado trabajo de investigación referido al culto de los santos en la España primitiva. Sus deducciones le llevan a plantear que San Cristóbal debió tener culto local en toda la España visigoda, aunque los testimonios conservados hacen referencia únicamente al sur de la Península: pudo haber reliquias suyas en Guadix y tenía basílicas dedicadas en Córdoba y Alanje — Sevilla —, donde le cita una inscripción situada en la puerta como saludo a los visitantes.

     El ángel de la capilla comunal se pintó sobre una capa de enlucido mal conectada con el enfosque de fondo. Tiene desconches en el cuerpo y alrededor de la cabeza está saltando masivamente el soporte.

     Entre fondo claro verde azulado la figura se perfila en color negro, reforzándole una línea sobrepuesta en rojo. Color que completa algunos detalles de manos y rostro, además de rellenar alas y vesti­menta. Negro y rojo son las tonalidades básicas, más un grisáceo claro que matiza el ropaje.

     Hay pintura de fondo contrastante y posiblemente hubo otras figuras que han desaparecido a causa de la debilidad del material.

     Podría formar parte de una Anunciación, sin embargo, en esta composición el ángel suele llevar en la mano un cetro como símbolo divino, otras veces nada. En este caso porta un libro cerrado en la diestra, en tanto la mano izquierda muestra la palma con los dedos abiertos en señal de paz casi humanizada. Da la sensación de ser un enviado de lo alto para entregar el libro de la verdad a los hombres que vivían en estos habitáculos. Su posición es frontal y el gesto rígido.

     Sea lo que fuere, técnica, colores y temática remiten a una forma de hacer románica, aunque con caligrafía poco refinada, tal vez gestada alrededor de los siglos XIII-XIV.

     En la reforma del s. XVIII se enmarcó con yeso la figura del ángel que comenzó a tomar protagonismo debido a las firmas de los visitantes ilustres que llegaban a la ermita, suponemos que en día de romería, y estampaban su nombre sobre él.

     El primer firmante es "Mosén Domingo de Pax", en 1663. La ermita no debía estar en buenas condiciones y alguien, tal vez el mismo sacerdote, escribió: "De parte de Dios os pido que me pongáis puerta". El mensaje era terreno pero en el lugar donde se grabó poseía imperativo divino.

     Las gentes de Bolea y Aniés debieron hacer caso, aunque bastante después. Se puso puerta y además se alargó la nave, adecentándose el interior. Probablemente por ello inscribieron su nom­bre allí mismo: "Jorge Mincholet regidor del año 1733 y Miguel Lerín regidor del año 1734": también Lorenzo Gola, año 1749. Domingo de Lloro año — ilegible —, Cosme CCC AÑO — ilegible — y algunos otros inidentificables.

     Como conclusión. San Cristóbal parece un lugar de culto temprano, donde un grupito de eremitas practicaron la oración y el silencio. En el s. XVII, tal vez perdida la memoria de los primeros inquilinos, recibiría romeros coincidiendo con la celebración del santo en el mes de julio. Parece que estaba algo descuidado el edificio, de ahí la queja de mosén Domingo, que fue atendida en el s. XVIII, con cambios importantes.

     En la actualidad el muro de cierre se está despegando y el ángel corre serio peligro de desaparición, lamentable por cuanto estamos ante el conjunto más representativo e intacto de una forma de vivir el cristianismo de los comienzos.

     Independientemente del valor artístico o documental, no puede olvidarse el paisajístico, en zona de atracción turística polarizada por la colegiata de Bolea y el castillo de Loarre.

"Lugares mágicos del Altoaragón"
Adolfo Castán
Publicado por Diario del Altoaragón, año 2000.