Anies    |     Localización   |   Album   |   La Iglesia    |   Virgen    |   S. Cristobal    |   Otras
 
 
..............Anies
..............Localización
..............Album
..............La Iglesia
..............Virgen
  ..............  Milagro
  ..............  Historia1
  ..............  Historia2
..............  S. Cristobal 
..............Otras

     Estamos en Huesca, en una plaza apartada del intenso ir y venir de los vehículos de motor; los niños pueden jugar tranquilos. Juegan Juanito y Pedrito: Juanito, con su bicicleta; Pedrito, con su «balón», incordiando a todo el que pasa por las cercanías con los «disparos» a las narices.

     De pronto, Pedrito acaricia la idea de dar unas vueltas con la bicicleta de Juanito. Propuestas, ofrecimientos de chicles, de «perras», de un silbato y de un bolígrafo. Los esfuerzos de Pedrito resultan inanes ante el criterio de Juanito. Pedrito le pega «una chufa» a Juanito; Juanito escupe a Pedrito. Hay intercambio de palabras y frases propias de adultos... ¿Vamonos a Aniés?

     Vamonos al santuario de la Virgen de la Peña, que no se pagan alcabalas por llegar a tan salvajes peñas, por pisar el oratorio de la Virgen ni por hartarse de ver tierras llanas desde aquellas alturas.

     En aquella visera, pues no es espelunca completa, de la Virgen de Aniés, no gozaremos de glaucos prados, ya que la roca es brava; el verde oscuro de la hiedra trepa tapizando un lienzo de la muralla caliza.

     Tomamos la carretera de Jaca y pasamos por Esquedas y por su famosa Venta del Sotón.

     A la salida, sigamos la carretera que conduce a Loarre; ¡qué bien iría un asfaltado sobre los guijarros y tierra de esta vía que conduce al más interesante castillo románico de Europa!

     Yo reconstruiría la fortaleza con piedra rosa de la cantera del Molino de Argüís; piedra rosa para que el visitante supiera cuáles eran los sillares primitivos y cuáles los añadidos.

     Y pondría guarnición con vestimentas y armas de la época de Sancho Ramírez: sería una forma de cumplir el servicio militar y de dar realce y vida al famoso castillo.

     Entre pensamiento y proyecto, hemos avistado la iglesia de Bolea, que sería aledaña del histórico castillo que allí hubo. Bolea tuvo un castillo y, a no dudar, una muralla que envolvió el poblado con los sellos que los árabes le incrustaron.

     ¿Hubo en Bolea plañideras o lloronas en los entierros? Herencia romana, creo yo, más que árabe. Me dijeron, y no sé si será cierto, que en villa cercana a Huesca había mujeres que cobraban un estipendio por llorar y gritar en los entierros, y que esta actividad se mantenía hace pocos años. Me gustaría saber en qué pueblos de esta provincia se pagaban lágrimas en los entierros.

     La iglesia de Bolea está en lo alto de una loma pelada; ¿podrían «trasplantar», sin rechace, árboles en aquella ladera? El lienzo verde que se ofrecería al viajero predispondría a la visita de la villa.

     Por cierto que dado el movimiento que por allí va «in crescendo», estima este viajero que el empalme de la carretera con el ramal que asciende a Bolea debiera de ensancharse ampliamente. Resulta aquello muy estrecho y con los ángulos extremadamente rectos, sobre todo para los autobuses. Entramos en una comarca de buen ganado lanar; sabroso. Sobre una meseta de nogal se ofrecían antaño las costillas asadas en las bra­sas de la cadiera. Vuelven a tener actualidad las costillas y otros tajos a la brasa. No conozco bien los vinos de la comarca, pero sospecho que no deben ser mancos.

     Y tras la merienda de amigos, se cantarían las veinte en copas y las cuarenta, con tenante vozarrada.

     Tomemos, al llegar al empalme de Bolea, el ramal de la izquierda. Enseguida veremos el santuario de la Virgen de Aniés. Poco después, nuevo empalme señalizado que nos llevará a Aniés.

     Parad el coche, tomad los prismáticos y recorred las sierras: ni un árbol. El Patrimonio Forestal del Estado, en meritísima labor, está repoblando hace ya tiempo la sierra de Loarre.

     Estamos aún en tierra llana, donde hoy ya no se contemplan tresnales: primero, por que no se apilan aquí las mieses, y segundo, porque las cosechadoras están llegando a todos los rincones de la provincia.

     Recorred con los prismáticos las sierras, os pedía antes; centrad vues­tros atisbos sobre el santuario que vamos a visitar. Está en una concha del roquedal. Observad una a dos moles sobre los dos edificios; en cualquiera de ellas pudo estas el castillo, bajo cuya protección se pondría el templo. Por esas breñas saltaban los almogávares con su casco de piel, su espada corta y s us abarcas de zarrias.

     Estamos en Aniés: nuevo edificio en construcción; bu en síntoma; prosperidad.

     Cerca de la iglesia vive el señor sacristán. Llamamos en el aldabón de la puerta, abierta de par en par.

— ¿Guardan ustedes las llaves de la Virgen de la Peña?

— Sí, señor; pero... ¿quién es usted? ¿Quiere enseñarme su docu­mento nacional de identidad?

— Soy fulano de tal. No pretendo subir solo. Es más, preferiría que me acompañasen, pues jamás e stuve allí.

— Es que va a ser el rosario; además, tengo las piernas enfermas..., pero... aquí viene...

     Y aparece un «mocé», vivo, «espabilan» y ligero como un gamo. Acordamos que el jefe de la familia vendrá en mi coche por la pista, hasta el arranque actual de la senda, y que el benjamín de la casa será el clavero y cicerone.

     Efectivamente; ascendemos con el coche por la casi recién estrenada pista, ya que fue construida el año pasado. El avispado viajero verá, junto a los roquedales, el arranque de una senda sin señalar. Yo aconsejo al viajero que siga pista adelante, hasta el final, donde podrá «dar vuelta» con su coche con a mayor holgura. Inicie el descenso y aparque junto al arranque de la senda; yo lo hice así y puedo asegurarles que hay sitio suficiente para que pueda pasar otro coche.

— Con esta pista, que como ve llega a un llano de la loma, podremos subir palas y tractores para sembrar trigo.

— Sí, señor; magnífica planicie, con mucha tierra y poca piedra, al parecer. Estamos muy contentos.

— Pero lo que no me explico es que cada año se roturen nuevas su­perficies, antes incultas, dedicándolas al trigo, cuando cada año es menor el consumo de pan de los españoles.

— Eso dicen.

— Antes se comía mucho pan con aceite, con los huevos fritos. Ahora se come menos pan, pero más fruta, más verdura, más carne, más pes­cado. La familia española, en general, dispone de más dinero que antes. No me lo explico, porque veo talar olivares y carrascales, convirtiéndolos en tribales.

— Lo que sé es que el Estado nos paga el trigo sin rechistar. Dicen que lo exporta.

     Estamos en el arranque de la senda; sin señalizar, hemos dicho. Apelo a la firma Coca-Cola, «consolatrix aflictorum»; a la firma Coca­cola, que me prometió colocar indicadores en el trayecto de «La Val de Onscra» para que no se extraviasen los excursionistas. Yo ruego a esa firma, mecenas generosa, que coloque en Aniés dos indicadores (previo permiso del Ayuntaiento) con la leyenda «Virgen de la Peña». Uno en el alfoz del pueblo; otro, en el arranque de a senda que parte de la pista.

     Muchas gracias de antemano y... ¡quién sabe si cualquier día pediré a Coca-Cola que nos construya en Huesca una Universidad autónoma con Facultades de Medicina, de Ciencias Económicas, de Veterinaria y de Filosofía y Letras!

     Provincia fronteriza con Europa; ¡buen sitio para captación de estudiantes extranjeros que no sean drogadictos!

     La ascensión es brava, pero cómoda porque uno va encajonado, no tiene pierde, hay algunos peldaños colocados por el hombre y en el sitio más peligroso hay barandillas de piedra. Desde la pista a la puerta de la tapia que defiende la entrada... un cuarto de hora.

     Me parece muy mal que dejen las llaves aun tomando nota del documento nacional de identidad. Aun quedan cosas apetitosas dentro de la iglesia. El actual sacristán ha recibido muchas ofertas de compra de cuadros e imágenes, y las ha rechazado, haciendo honor a la honradez que fue siempre lema de su familia.

     El pequeño clavero cumple su primera misión: abrir la primera puerta. Una escalera labrada en lo más abrupto de la roca, junto al abismo, desciende hacia el santuario. Gracias a la barandilla nadie conoce lo que es peligro.

     Ya estoy en el santuario. ¿Que si es magnífica la vista desde aquí? Maravillosa, pero... ¡suban ustedes aquí, qué carámbanos..., y no se arrepentirán!

“Turismo Altoaragones” tomo 7
Jose Cardus Llanas ( 1974 )

 
 


Traduzca esta página al inglés Traduzca esta página al catalán Traduzca esta página al francés
 

Anies 2008
Aviso legal