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CONTINENTE Y CONTENIDO DE LA VIRGEN DE LA PEÑA DE ANIÉS
Cuando yo era infante, los niños altoaragoneses vivían pavorizados por el miedo que tenían al demonio. Miedo inculcado por los familiares:
— ¡Como no te acabes la sopa te cogerá el demonio! Está en el rincón de la escalera! Otras veces:
— ¡Como no te acuestes en seguida llamo al totón para que se te lleve! Hoy es el diablo el que vive pavorizado ante el desparpajo de los pequeños, de sus pistolas de aire comprimido, de sus metralletas detonantes y de sus espadas.
¡Pobre diablo, en el doble sentido de la palabra! Además puede que «con esto del Concelio» tenga esperanzas de recibir una amnistía.
Dentro del santuario de la Virgen de la Peña hay un altar dedicado a San Miguel; está acuchillando al diablo, a quien también está pisoteando; un diablo horroroso, monstruoso, espeluznante, y tan feo que hace estallar en risas a los «nenes» de hogaño.
— ¡Ja,ja! Es más feo que Tadeo, el del barrio de Abajo.
En mi biblioteca «ad usum privatum» tengo coleccionados los cientos de artículos que escribí en «El Cruzado Aragonés» (cuando era director don Francisco Izquierdo Trol, de cuya envidiable erudición tanto aprendí) y en «Heraldo de Aragón». Pues bien, en ellos he hablado mucho de las ermitas dedicadas a San Miguel, siempre en lo alto de peñascos o de tozales; y también participó mi observación de que una gran cantidad de ermitas-cuevas son dedicadas a San Martín.
¿Por qué el culto a San Miguel en las alturas y a San Martín en las grutas? No lo sé; será mera casualidad, pero... ¿hay alguna razón para que el culto a los mentados santos se dispense de esa manera?
¿Quieren ir hoy ustedes, hombres de la ciudad, a conocer «las tripas» del santuario de la Virgen de la Peña, de Aniés? Estamos en Semana Santa.
Cuando yo era niño, si soltaba la carcajada durante la Semana Santa podía ganarme un cachete de mi abuela Victoria:
— ¡Calla, poco conocimiento! ¿No te da vergüenza reír de esa manera, estando Nuestro Señor muerto?
Las familias, con todos los hijos y los abuelos, vestían las mejores prendas para «ir a visitar los monumentos». A veces, dos familias se citaban para «salir juntas».
De antemano se nos daba dinero a los pequeños para que entregásemos nuestro óbolo en las mesas petitorias. Y creía observar que en las mesas donde no había gente conocida, mi abuelo echaba una peseta de plata, y en aquellas donde presidían las señoras del alcalde, de gobernador, o la señora de Gil-Delgado o la de Cardedera, mi abuelo soltaba un duro de los de antes de la guerra.
Toda la familia estaba en la ciudad en aquellos días, luctuosos para los cristianos.
Había un «paso» en la procesión del Viernes Santo, en Huesca, llamado «El Paso de la Muerte». Un esqueleto, sobre un gran globo terráqueo, nos recordaba que «morir habemus».
Contrastaba a religiosidad del pueblo con la superstición de muchos devotos. Se decía que en la casa frente a la cual paraba el paso en sus obligados descansos, moriría un miembro de la familia dentro del plazo de un año.
Eran de ver los gritos de histeria y de protesta contra los portadores del paso cuando éste paraba. Y como la gente de las aceras también se consideraba amenazada, se oían frasecitas como éstas:
— ¡Más os valía pararlo en casa de vuestras madres!
— ¡Ojalá cojáis viruelas, por malasangres!
Creo que estas airadas protestas fueron el motivo de que el famoso paso, que dicho sea de ídem, no tenía un pelo de artístico, fuese retirado de la circulación.
Poco antes de que esto ocurriese, llevaron el paso, un año, un grupo de estudiantes de buen humor que se reían de su sombra y de la mismísima muerte. Uno de ellos era un primo hermano mío; otro, estudiante de Derecho; otro, hijo de un conocido industrial oscense, y otro...
Total que «cachondeándose» de éste, ése y aquél, fueron dando sustos en domicilios programados de antemano. Y no solo eso, sino que al llegar al domicilio de un no sé si super-supersticioso, o pendiente de «un ajuste de cuentas», no solamente pararon el paso en el sentido de la marcha, sino que se dieron media vuelta y lo colocaron «fito a fito» del espantado y semicolapsado «amigo».
Hoy han cambiado las cosas. Todas las familias con coche, salen disparadas a pasar la Semana Santa fuera de sus casas.
¡Qué alegría: iremos a la Costa Brava, iremos al Pirineo, iremos a Portugal!
¡Qué alegría: sabemos que 84 moriremos. Pero moriremos en un santiamén y sin darnos cuenta! ¡Lo malo es que integremos el censo de los cientos de heridos que han sido previstos por la Jefatura de Tráfico!
¡Qué placeres más raros los de estos tiempos! Setecientos cincuenta mil madrileños han salido de estampida de Madrid. Van a sufrir, aunque ellos digan que van a gozar. Escapan de las apreturas de la ciudad y se meten en las apreturas de la carretera que lleva a El Escorial o a Andalucía. Los coches, de tres en fondo, a «paso de burra»; los viajeros, intoxicándose al tragar lo expelido por los tubos de escape de los cientos de coches y camiones que llevan delante. ¿No escapaban del ambiente tóxico de la ciudad?
El viaje es delicioso, de lo más alegre; durante kilómetros y kilómetros encontrarán a los lados de la carretera, ambulancias, Policía de Tráfico, puestos de socorro de la Cruz Roja, más policías, más ambulancias, helicópteros sobre vuestras cabezas prestos a trasladaros en cuanto os peguéis, u os peguen, el coscorrón.
Llegada al punto de destino. No se puede entrar en un bar, por estar todo abarrotado. Se acabaron las cervezas y los multicolas. Si se consigue llegar a la barra puede obtenerse una «gaseosa de boleta a punto de hervir».
¿Quieren ir hoy al santuario de la Virgen de la Peña? En cuanto hayan puesto el pie en la senda olvidarán el polvo, y los gases y los enervamientos.
Decíamos, en artículo anterior, que en el santuario perduran dos edificios en buenas condiciones: la iglesia y la casa de los romeros.
Muy cerca de este santuario está, pero no se ve desde aquí. «La Trinidad» de Bolea. Ya les dije que allí hubo frailes trinitarios, orden que liberó de la cautividad turca a Miguel de Cervantes Saavedra, en aquellos tiempos en que las galeras turcas iban con mayoría de forzados y minoría de abades.
Dos edificios, hemos dicho, aquí en el santuario. En la fachada de la iglesia, una pintura grande, creo que de San Juan Bautista.
Ricardo del Arco, al hablar de Aniés, escribe solamente: «Se conservan en su iglesia tres tablas pintadas del retablo mayor anterior al actual. Escuela aragonesa del siglo XIV. En las afueras, el santuario de la Peña.» Ofrece dos fotografías del retablo de la parroquia y otra del exterior del santuario que nos ocupa.
Nada digno de atención arqueológica en el continente, ni en el contenido. Pero es curiosa la iglesia.
El altar mayor, donde se encuentra la Virgen, se halla defendido por una reja de hierro de buena traza. Lámparas.
Hay un Cristo yacente en «la cama», dentro de una urna, ocupando todo un altar.
Muchos santos repartidos. Una pintura que me parece de buena factura y quizá recientemente restaurada.
¿Fue pintado el cuadro aquí, dentro del templo? Buen sitio este, en solitario, para pintar junto a la naturaleza brava y gigante.
Los no pintores ni escultores no concedemos a una obra de arte todo el mérito que encierra, porque no hemos ahondado en el bullir de la imaginación, de los sentimientos, de los impulsos y del arte de quien planea y concibe la obra a plasmar. Ninguno conocemos cuánto pensó y cómo concibió Miguel Angel sus maravillosos mármoles de Moisés y La Piedad.
Si el Vaticano le encargó un Moisés, no pudo Miguel Angel empezar la obra a los cinco minutos. Tuvo que ambientarse, leer, estudiar, dibujar bocetos, conocer caracteres y elegir un modelo para hacer un Moisés de mármol, «pero con vida».
En general, pues, no sabemos o no podemos estimar todos los méritos de una obra de arte. Como no sabemos, creo yo, comprender y por lo tanto ensalzar la ingente, inteligente y la meritísima labor del señor maestro nacional. Señor maestro; sí, señores: Der Herr Lehrer. Así llaman los niños en Alemania a su profesor. No «el maestro», a secas, como en España. Decir «el maestro», en Alemania, es considerado como una falta de educación y respeto. Yo oí siempre decir a los pequeñines germanos: el «señor» maestro.
¿Qué es la pedagogía en su objeto? El filósofo Hamann, de la Universidad de Worms, nos da esta respuesta: El objetivo de la pedagogía es la contemplación de la educación y de la cultura como hecho, es decir, la interpretación del proceso de educación y cultura. Los problemas de la pedagogía tienen tales calidades, que su compenetración reclama al pensar filosófico.
El maestro nacional no se limita a meter en el cerebro del niño que dos y dos son cuatro, como si de preparar un computador electrónico se tratase. El maestro nacional realiza un estudio previo del niño, de cada niño, del futuro hombre, y toma decisiones de una responsabilidad insospechada.
Volvamos a la realidad del templo que hoy visitamos. Una antigua estampa de tela de San Lorenzo nos canta que este santo es abogado contra la sequía y contra los dolores de cabeza (no de los quebraderos). Dos tablas góticas, buenas, entre barrotes del coro, sospecho que son las sobrevivientes de un retablo que allí existió. Fuera de la barandilla del coro, como en un arengarium, una estatua de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores. Nueva duda: ¿Hubo dominicos en este santuario?
“Turismo Altoaragones” tomo 7
Jose Cardus Llanas ( 1974 )
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